Al bajar del tranvía bajaron también dos madres con sendos cochecitos de bebé. En uno, un bebé como de un año vivía y miraba todo con ojos de sopresa: Los nuevos colores en su vida, nuevos sonidos, la cara sonriente de la madre. La paz de un tiempo infantil. En el otro, el bebé no tendría más de cuatro meses. Dormía plácidamente mientras el sol de enero iluminaba en su carita la leve sonrisa del privilegio de algún sueño que sólo la inocencia sabe. Me quedé mirándolo, absorta, y con toda la ternura que me transmitía pensé "¡no crezcas!", "no crezcas...", "niégate, pequeño, al mundo de los adultos". Y al retirar mi mirada de él sentí la impotencia de pertenecer yo a ese mundo de los adultos. De haber crecido con un corazón de niña y buscar el rostro de la madre entre los recuerdos tibios de aquella enana pecosa que en el ahora anhela que Peter Pan venga a rescatarla para llevarla al país de Nunca Jamás.