Sobre el tejado de la vieja casa se ha posado un alcaudón real. Desde tan privilegiado lugar contempla la catedral de Santa María, el ciruelo rojo ahora sin hojas, el cielo casi nítido de mediados de enero, la ciudad medieval con silencio de mañana de domingo. Y contemplo su libertad cuando alza el vuelo y yo me quedo parada, sin alas, en el trajín de la vida.